lunes, 29 de octubre de 2012
viernes, 12 de octubre de 2012
"...Al llegar a tierra, Colón se puso de rodillas. Besó el
suelo. Plantó una cruz. Y, juntando sus manos al pecho, dirigió una oración a
Dios, en acción de gracias. Amanecía el 12 de Octubre de 1492. En esa fecha el
Almirante Colón dio un Nuevo Mundo a España. Y se lo ofreció a la Reina Isabel
La Católica, quien le había prestado enorme ayuda..."
domingo, 7 de octubre de 2012
Blancos los surtidores en los patios
del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambiores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte,
San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambiores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte,
San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)
Poema sobre Lepanto del poeta inglés Gilbert Keith Chesterton
sábado, 6 de octubre de 2012
Europa era una princesa, hija de Aginor y Telefasa. Los dioses del
Olimpo sabían de la belleza de Europa e intentaban conseguirla sin éxito.
Entonces Zeus, el dios supremo de los antiguos griegos, se enamoró de ella,
quedando maravillado por su belleza. La vio jugando con sus amigas en la playa
de Sidón. Tanto fue su amor por ella que para acercarse sabiendo que Europa
podía rechazarlo si se le presentaba naturalmente, pidió ayuda a su hijo Hermes
para la preparación del encuentro, Zeus había decidido metamorfosearse en un
bello toro, para raptar la joven Europa. Hermes tenia de ser el encargado de
conducir al rebaño de bueyes del rey, desde los altos prados hasta la playa
cercana donde Zeus sabía que Europa y otras doncellas de Tiro acudían a pasar
la jornada de diversión.
Zeus toma la forma de un toro blanco, de facciones nobles, que
tenía cuernos parecidos al creciente lunar que no infundían miedo alguno y se
aproximó saliendo del rebaño hasta el grupo de las jóvenes, postrándose a los
pies de Europa. Primero, la joven se asustó, pero luego fue tomando confianza.
Primero opto por acariciar el lomo al maravilloso animal y poniendo las
guirnaldas de flores que las muchachas trenzaban para colocarlas entre los
cuernos. Europa llego a sentarse encima del animal, tan confiada y ajena a lo
que le espera. El toro beso los pies de la joven, mientras sus amigas la
adornaban, y Zeus se dispuso a continuar su plan. El animal se incorporo y sin
demora se lanzo al mar llevándose consigo a Europa en su grupa. En vano gritaba
suplicando la joven, el toro nadaba furioso alejándose de las costas.
Las amigas se quedaron en la costa, sorprendidas, levantando las
manos en gesto de sorpresa y el grupo se introdujo en mar abierto donde los
Vientos ayudaron a avanzar y donde grupos de divinidades marinas surgieron como
cortejo. Europa para no caerse de sus espaldas tuvo que agarrarlo por los
cuernos y tras un largo viaje llegaron a Creta, donde Zeus asumió de nuevo
forma humana. Los hermanos y la madre de Europa salieron en su búsqueda
desesperados y por orden de su padre, pero no dieron con ella. Fue en Creta y
precisamente en la fuente de Gortina, bajo la frondosa sombra de los plátanos
donde la pareja se unió.
Desde aquel entonces los plátanos nunca pierden sus hojas en el
invierno puesto que sirvieron para amparar el amor de un dios.
De la unión de Zeus y Europa nacieron tres hijos: el valiente
Sarpidón, el justo Radamantes y el legendario Minos, rey de Creta, de cuya
familia nacerá posteriormente el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y
cuerpo humano. Este monstruo permanecía encerrado en un Laberinto construido
por Dédalo.
Pero Zeus no podía quedarse con su bella Europa, por lo que para
recompensarla le dio tres regalos. El primero fue Talo el autómata, que era de
bronce y cuidaba las costas de Creta contra los desembarcos extranjeros. El
otro fue un perro que nunca fallaba en la cacería y siempre lograba atrapar a
sus presas. Por último, le entregó una sorprendente jabalina que siempre y sin
excepción acertaba en el blanco elegido.
Adicionalmente y para recompensarla por completo, Zeus logró que
Europa contrajera matrimonio con Asterión, quien al no tener hijos, adoptó a
los de Zeus.
Cuando Europa murió le fueron concedidos los honores divinos y el
toro que había sido la forma en que Zeus había amado a Europa fue convertido en
la constelación de Tauro e incluido en los signos del zodíaco.
El padre de Europa se enteró de lo que había pasado y se puso a
buscarla por toda la isla gritando su nombre pero no la encontró. Decidió
entonces coger su barco más rápido y seguir buscándola por toda Grecia y por
todo el continente. El rey gritaba desesperado el nombre de su hija, pero
Europa no aparecía. La leyenda dice que el rey pasó por muchos lugares buscando
a su hija, lugares que ahora son conocidos como Francia, Alemania, Italia... y
como la gente que habitaba estos sitios en la antigüedad escuchaban por todas
partes el nombre de Europa, decidieron llamar así la tierra que hoy en día es
el continente de Europa.
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En la
historia de España pueden señalarse dos procesos encontrados, contrapuestos,
sincrónicos durante cerca de un milenio y al cabo complementarios. Uno tiene
como meta y otro como punto de partida el País Vasco. Su enunciación va a
sonar a paradoja. El primero se inició dos siglos antes de Cristo y no ha
terminado todavía. El segundo comenzó hace mil años y está aún sin rematar.
No sé si jamás serán completados. Me refiero a la romanización de la
Península todavía inconclusa a los veintidós siglos de iniciada, porque aún
está por romanizar un jirón de España en los Pirineos occidentales: una parte
de Vasconia. Y a la vasco-castellanización de Hispania, incompleta a los mil
años de haber comenzado. ¿Paradoja? No. Realidad. Esos dos lentísimos
procesos multiseculares y sincrónicos, contrapuestos y complementarios, son
una realidad innegable del pasado de los peninsulares. Una realidad que ha
influido decisivamente en la acuñación de lo español. Los dos tienen por
pivote al País Vasco. La romanización no le ha ganado todavía por entero
-sólo por ello se distingue del resto de España. Y de esa España sin
romanizar- que nadie se escandalice de las dos afirmaciones- surgió el
intento de vasconización de la Península por obra de Castilla, histórica
prolongación -no por poco conocida menos auténtica- de la Vasconia no
romanizada, o, lo que es igual, no occidentalizada aún, cuando el pueblo
castellano nació de la matriz vasco-cantábrica.
No soy el primero en lanzar la idea de la acción vasconizante castellana. Menéndez Pidal al estudiar los "Orígenes del español" defendió ya la teoría de que Castilla había metido una cuña vasca en Hispania. Aludía al castellano, claro está. Cabe ampliar su tesis de lo lingüístico a lo social y a lo vital. Alartinet ha aludido a esa influencia, pero el tema merece un libro Y me parece seguro que quienes hoy se llaman vascos -en verdad están vasconizados- no son, más que les pese, sino españoles todavía no romanizados de manera integral. Ellos mantienen aún viva y vivaz la lucha iniciada contra Roma por Indíbil y Mandonio -nueva aparente paradoja. Y Castilla prosigue aún la medieval aventura iniciada por Fernán González contra lo occidental, es decir de revancha contra Roma. No participo del optimismo del gran prehistoriador austríaco Menghin, que ha llegado a escribir: ya no existe el enigma vasco. Cree que en el neolítico llegaron a España inmigrantes caucásicos que habrían ido avanzando a través de las penínsulas y de las islas del mar Mediterráneo; habrían desembarcado en el S. E. hispánico, se habrían mezclado con los habitantes de España, entre los que había elementos de población de estirpe africana y habrían constituido las masas protoibéricas y entre ellas las vasconas. Es muy probable que acierte Menghin pero su tesis necesita pruebas más sólidas que las por él alegadas para merecer el asenso unánime de los estudiosos. Viene en todo caso a sumarse a las que establecen un estrecho parentesco entre iberos y vascones. De ese parentesco sí podemos estar seguros. ¿Fueron los vascones una tribu de los iberos africanos, como se creyó antaño, cuando se juzgó su lengua idéntica a la de éstos? ¿Constituyeron una tribu de los iberos venidos del Cáucaso, puesto que hoy su habla se enlaza por muchos estudiosos con las hablas caucásicas? ¿Derivan vascones, iberos y aquitanos de un tronco común hurro-elamio, caucásico, como quiere Menghin? ¿Fueron los vascones, según piensan Bosch y Tovar, pirenaicos iberizados por los protoiberos africanos? No es lícito asentir sin reservas a ninguna de esas hipótesis. Pero fuerzan a tener por seguro el íntimo parentesco de los éuscaros con gran parte de la población primitiva de Hispania: A) la extensión, no sólo del nombre ili o iri = ciudad, sino de otra variada serie de topónimos vascos por grandes zonas de España: por Andalucía, levante, el Ebro, la meseta -ahí están, entre otros muchos, Arriaca, la Guadalajara de hoy y el pico abulense llamado Gorría-, es decir, por el solar de expansión de los almerienses iberos, desde Río Tinto hasta el Garona -sin la celtización, la romanización y la arabización de la toponimia peninsular es seguro que serían aun más numerosos en España toda los topónimos de raíz éuscara. B ) El hallazgo de palabras y aun de frases vascas en inscripciones ibéricas: plomos y vasos -remito a la reciente síntesis de Beltrán sobre tales hallazgos- y de nombres de personas de estirpe vascona en inscripciones romanas que registran habitantes en tierras iberas -por ejemplo en el bronce de Ascoli. Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península; es simplemente el último rincón de ésta donde se habla todavía -naturalmente muy transformada al correr de los siglos- la lengua de buena parte de los españoles primitivos. Arqueológicamente nada distinguió a Vasconia -empleo provisionalmente esta palabra con la amplitud inexacta con que hoy se usa por los vascos- del resto de España. En el paleolítico superior conoció la cultura franco-cantábrica y en el epipaleolítico las culturas aziliense y asturiense. Hasta ella penetró en el neolítico la hispano-mauritana o de las cuevas. En ella convergieron la cultura megalítica llegada a España de Oriente y de África y propagada por la costa atlántica y septentrional rumbo a los Pirineos de Occidente, la del vaso campaniforme recreada en Andalucía al contacto de los hispanos con los inmigrantes asiánieos y extendida radialmente a toda España desde la central meseta inferior, y la cultura almeriense media que subió por la costa levantina y por el Ebro. Los hallazgos arqueológicos realizados en el País Vasco y en Navarra -véanse en el libro de Barandiarán-comparados con los que se han realizado y siguen realizándose en el resto de España no dejan lugar a dudas sobre tal realidad. Los prehistoriadores no me dejarán mentir. Claro está que a la depresión vasca llegaban antes y con más intensidad las culturas y los pueblos procedentes de Cantabria, y a Navarra, los pueblos y las culturas del Centro y del Ebro; y algunos de los primeros -la civilización franco-cantábrica, el aziliense, y el asturiense- no pasaron a tierras navarras, y algunos de los segundos -la cultura de las Cuevas- no penetraron en la depresión vasca. Esa diferenciación separó ya en fecha remotísima a los auténticos vascones -aragoneses de Occidente y navarros- de las gentes de la costa: várdulos, caristios y autrigones. Esa diferenciación fue pareja de las que fueron creando los núcleos raciales y culturales primigenios de las otras tribus primitivas de Hispania. Y no contradice la innegable condición mestiza, étnica y culturalmente, de los habitantes en el doble solar de la Vasconia histórica. Cráneos dolicocéfalos de estirpe ibérica se han hallado en tierras vascongadas, según Campión, y todavía pueden distinguirse los morenos, enjutos y pequeños, de Val de Erro, de los fornidos, altos y musculosos del Roncal. Tuve a várdulos, caristios y autrigones, es decir, a los vascos de hoy, por miembros de la gran familia cántabra al estudiar las tribus que habitaron el solar geográfico del reino de Asturias en la época romana. Los diferencian de los vascones: los geógrafos, la arqueología y la historia. Un texto de César establece la vecindad de Cantabria y Aquitania. Estrabón extendió aquélla hasta Vasconia y el Pirineo, y destacó la semejanza de costumbres de todas las gentes cantábricas que habitaban en la zona que el Pirineo y Vasconia limitaban. Los romanos distinguieron con nitidez a los vascones de los várdulos y los caristios; incluyeron a los primeros, con los otros pueblos del Ebro, en el Conventus juridicus caesaragustanus, cuya capital era Zaragoza, y a los segundos, con los cántabros, en el Conventus cluniensis, cuya capital, Clunia, estaba en el Duero. Gómez Moreno, al estudiar a los iberos y su lengua había señalado precisas diferencias arqueológicas, onomásticas y toponímicas entre el solar histórico de los vascones y el de los várdulos, caristios, autrigones y cántabros. Menéndez Pidal los distinguió asimismo al examinar algunos problemas del sustrato toponímico hispano. En su estudio sobre los pueblos del norte de España", Caro Baroja ha defendido con argumentos de peso que Cántabros, autrigones, caristios y várdulos hablaban una misma lengua y que era segura su unidad cultural y vital. No hace mucho, al historiar la lengua vasca en relación con la latina, ha reconocido aún, que ninguno de los pueblos que Ptolomeo incluye dentro del territorio várdulo o caristio tiene nombre de claro tipo vasco-aquitano. Y los textos históricos reunidos por Schulten hace muchos años aseguran la perduración de las diferencias históricas entre los vascones de ayer y los vascos de hoy hasta el año 808. Por tanto, no sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzcadi de hoy de la Navarra milenaria. Los navarros o eran iberos puros o hermanos de los puros iberos o estaban profundamente iberizados; y los habitantes de la depresión vasca si no eran Cántabros estaban muy emparentados con ellos. Unos y otros fueron después preceltizados primero y celtizados luego, intensamente. Por los Pirineos occidentales vasco-navarros entraron en España los preceltas -ilirios o como quiera llamárseles- y más tarde los celtas históricos; y si los preceltas avanzaron muy hacia el interior de la Península -hoy se los supone refugiados en la cordillera cántabro-astur y en la cárpetovetónica- los celtas se extendieron a todo lo ancho y a todo lo largo del solar peninsular de Hispania. Taracena y Vázquez de Parga primero, y Maluquer después, han ido hallando importantes restos de poblados preceltas y celtas en Navarra y antes ya se inclinaba Bosch Gimpera a reconocer la celtización de várdulos y caristios. El supuesto islote vasco fue por tanto anegado por las oleadas de los nuevos invasores de la Península. Tovar se inclina a creer que es celta el nombre mismo de la tribu: barscanes. Significaría "los orgullosos" o "los de las cimas". En las cimas habrían permanecido empecinados y orgullosos y así habrían logrado salvar su personalidad histórica, matizada, claro está, por el aporte celta -la lengua vasca acusa esa influencia -pero sin llegar a celtizarse integralmente. Tras el aporte ibero, el celta; el pueblo vascón recibía las mismas transfusiones sanguíneas y culturales y padecía o gozaba de las mismas simbiosis o antibiosis que los otros pueblos hispanos: Los vascos continuaban la gran navegación de la historia dentro de la nave española. Y así siguieron en la etapa inmediata de ese multisecular crucero histórico, cuando los romanos pusieron pie en España. Que me perdone Mendizábal si me parece invención peregrina de su ingenio el pacto vasco-romano contra los celtíberos, pacto que carece de toda apoyatura histórica y que absolutamente nada justifica. Sempronio Graco firmó con los vascones y con los celtíberos acuerdos parejos cuando Roma entró por primera vez en contacto con ellos, antes de iniciar su sojuzgamiento. Los romanos ganaron luego Vasconia sin gran lucha -la Vasconia abierta del Sur, claro está- y en seguida comenzó su romanización. El vasco vuelve a acusar la nueva inundación de modo evidente. Pero el ímpetu vital y la tozudez vascona lograron conservar otra vez la maravilla e su lengua neolítica en las asperezas de sus sierras: en el Saltus Vasconum Muchos pueblos peninsulares ibéricos o iberizados habían logrado también, como el vasco, salvaguardar sus ancestrales personalidades históricas libres del impacto de lo precelta y de lo celta. Tanto como los vascones y aun más que los vascones, pues algunos de ellos no recibieron siquiera la visita de ninguno de los dos invasores y otros consiguieron rechazar o absorber a las masas celtas llegadas antes o después hasta sus solares nacionales. Pero no ocurrió otro tanto frente a la romanización. Esta fue más pertinaz, intensa, continua y duradera. Roma ganó en España muchas batallas, como el Cid de la leyenda, después de su muerte. Después de morir como potencia imperial, su tradición cultural, recogida por la Iglesia y prolongada en la única civilización con vigencia en la Península durante algunos siglos, prosiguió triunfando en tierras hispanas. Debemos a Caro Baroja páginas excelentes sobre la extensión y la profundidad de la romanización en Vasconia. Alcanzó un área mucho mayor de lo que solía pensarse y una intensidad tal que, según el mismo autor demuestra, los vascones, aunque parezca inverosímil, se convirtieron en agentes de romanización. ¿Dónde? En la depresión vasca. Curioso fenómeno; a un tiempo llevaron a ella su propia herencia temperamental y, con ella, algunas reliquias de su iberismo remoto y de su reciente romanismo. Por causas que nos escapan los vascones mostraron un extraño dinamismo eruptivo con ocasión de la caída del poder romano en España. La bagaudia o revolución campesina comenzó a agitar el País en el siglo IV. No conocemos bien su proceso originario. ¿Fue provocada por el enfoque entre la hombría de las masas rurales y la declinación de su condición jurídica dentro de un régimen agrario de signo señorial? No sé, pero la bagaudia adquirió en tierras vasconas una acuidad extrema, bien conocida: aludí a ella al estudiar el prefeudalismo occidental. ¿Provocó la bagaudia la erupción del dinamismo vascón al desencadenar fuerzas vitales hasta allí contenidas? No es imposible; pero no gusto de convertir las conjeturas en afirmaciones. Cualesquiera que fueran sus causas la exaltación de la potencia histórica de Vasconia a partir del siglo V es indudable. Y lo son sus desbordes energéticos de tipo expansivo. Los he señalado dos veces. Traté de la invasión vascona de Aquitania hace unos veinte años, al examinar los cambios sufridos por el ejército ultrapirenaico en los albores del feudalismo. Y hace poco he estudiado la entrada de los vascones en la depresión vasca, al examinar los orígenes del nombre de Castilla. Ni uno ni otro desborde expansivo son dudosos. Del primero han conservado recuerdo las crónicas francas y se han ocupado los historiadores de allende el Pirineo. Scliulten, Gómez-Moreno, Menéndez Pidal han señalado, acordes en lo esencial, la entrada de los vascones en la Euzcadi de hoy. Creo haber probado que coincidió con esa etapa explosiva de un hasta entonces insospechable dinamismo vascón. Caro Baroja reconoce como hecho histórico la vasconización de la toponimia del solar de várdulos y caristios, es decir, de las provincias vascongadas; y es segura tal vasconización. Señala además que los vascones introdujeron en ellas muchos nombres con terminación en ain, que cree resultado de la romanización de Vasconia, y otros topónimos alusivos a la organización urbana y a estilos de vida que esa romanización hizo conocer a los vascones, pero que nunca existieron antes en la depresión vasca. Los cree importados por los reyes de Navarra; pero conocemos hoy bastante la historia del País Vasco y del reino de Pamplona durante los siglos VII al X y puede de ella deducirse que desde la antigua Vasconia no pudieron bajar entonces a la nueva esos extraños topónimos locales. Porque los soberanos pamploneses no dominaron durante esos siglos el solar de Euzcadi y porque en sus colonizaciones de esa época exportaban nombres geográficos con final en utri; lo acredita la toponimia vasca de la tierra riojana. La entrada de los vascones en tierras de várdulos y caristios acaeció -no vacilo al afirmarlo- durante el período de anarquía que siguió a la caída del poder romano en España. Los geógrafos e historiadores griegos y romanos y el mismo cronista español del siglo v, Hidacio, interpusieron a caristios y várdulos entre cántabros y vascones. Los hicieron ya vecinos: Venancio Fortunato en el siglo VI y Julián de Toledo en el VI y en el X Alfonso III presenta a los vascones en los llanos de Álava. Fresca entonces su romanización, los invasores de Euzcadi llevaron a ella, con sus formas de vida nunca olvidadas -entonces introdujeron en el País Vasco de hay la rueda maciza de abolengo ibérico-, los referidos topónimos locales, producto de su intensivo contacto con Roma Al entrar en Euzcadi empujaron hacia Castilla a una parte de los várdulos y caristios; algunos se acogieron a los montes -los moradores de Tulonio, ciudad de la llanada de Álava, se refugiaron en la sierra a que dieron nombre -y los que permanecieron en sus antiguas sedes fueron inundados de vasquismo. Como cada tribu hispana al aceptar el latín creó su propio dialecto romance -donde esos dialectos se han conservado hasta hoy, como ocurre en el norte de España, las fronteras dialectales marcan las lindes de las viejas tribus primitivas-, así las tribus vasconizadas a partir del siglo v, crearon asimismo sus propios dialectos del vasco, también conservados hasta nuestros días. Vasconia no habría llegado a romanizarse integralmente, y la zona por ella vasconizada en fecha históricamente reciente habría salvado, en su hoya y hasta hoy, unas formas de vida que le habrían sido impuestas como resultado de su conquista por los vascones de Navarra y de Aragón. Lo abrupto y cerrado de los Pirineos navarro-aragoneses habría hecho posible la perduración en ellos de la herencia temperamental primitiva. La caída de Roma, al permitirles vivir a la intemperie histórica e inducirles a abandonar su postura receptiva, habría interrumpido el curso de su romanización. El dinamismo explosivo que padecieron o gozaron en seguida y los éxitos expansivos que obtuvieron afirmaron luego su personalidad ancestral. Y la perduración a lo largo de tres siglos, hasta el mismo día de la conquista musulmana, de sus luchas con la monarquía hispano-goda, completaron el doble proceso: de detención perdurable de la inconclusa romanización y de perdurable exaltación de sus tradiciones tribales. A la hoya vasca, situada en un minúsculo rincón aislado del mundo romano, sin riquezas entonces codiciables y de difíciles comunicaciones, había llegado la acción de Roma menos intensamente que al resto de España. Encerrados várdulos y caristios entre el mar y los montes, en una depresión que no llevaba a parte alguna, no pudieron atraer la atención de los colonizadores romanos. La presencia en Velegia-Iruña -todavía avanzado el siglo IV- de una importante guarnición imperial, según el testimonio de la Notitia Dignitatum, atestigua la escasa romanización del País poco antes de la caída del señorío de Roma en la Península. Por ello después de su vasconización -ésta implicaba simplemente la afirmación de los matices vitales y temperamentales de una tribu hispana vecina, de historia no disímil aunque más saturada de iberismo-, la nueva Vasconia, aislada en su pequeño solar, pudo convertirse en un sagrado reservorio de vasquismo y por tanto de hispanismo primigenio, mientras la auténtica Vasconia, menos cerrada, más en perpetuo contacto con las gentes del valle del Ebro y en uno de los eternos caminos de comunicación entre Hispania y la Galia, era arrastrada por el torbellino de la historia islámica de España.
He estudiado con detención el tema. Los contactos entre
musulmanes y vascones empezaron en los mismos días de la invasión de España.
Muza cruzó el solar de Vasconia al subir Ebro arriba en su última campaña del
714. Antes del 718 los invasores ocuparon Pamplona la primitiva tierra de los
vascos siguió la misma suerte que las otras tierras peninsulares en aquella
hora triste en que los islamitas conquistaron nuestra patria común. Otra vez
se afirmó la comunidad de destinos de todos los hispanos.
Esa comunidad de destino llevó pronto a los españoles del Norte a alzarse contra sus dominadores musulmanes. Los astures se sublevaron con Pelayo en 718 y vencieron en Covadonga en 722; por entonces debieron también rebelarse los cántabros; los vascones sacudieron el yugo islamita después de la derrota de Poitiers del 732. Todos los septentrionales fueron duramente combatidos por 'Uqba (734-739); resistieron las gentes del Cantábrico, sucumbió Vasconia. La rebelión general de los berberiscos en África y España (739-740) y las guerras civiles que durante algunas décadas asolaron a Al-Andalus permitieron a todos salvarse de la grave amenaza; el reino de Oviedo pudo afirmar su libertad y los vascones pudieron recuperar la suya. La serrana y marítima monarquía asturiana abarcó una larga faja de tierra que iba desde el Finisterre al Pirineo. La loca geografía del País y el no olvidado secesionismo hispano dificultaron la unión de los gallegos y de los vascones al reino unido de astures y cántabros. Pero los soberanos ovetenses lograron a la postre la unidad. La aseguró un rey, hijo de una vasca, Alfonso II (791-842) Entretanto la Vasconia primitiva, siempre más vinculada al valle del Ebro que la nueva Vasconia, siempre a su vez más hermanada con las gentes del Cantábrico, comenzó a vivir su propia vida. He logrado renovar la historia de los orígenes del reino de Navarra. A fines del siglo VIII Pamplona se hallaba sometida a Córdoba y era gobernada por un renegado de la familia hispano-goda de los Banu Qasi', llamado Mutarrif. Se alzaron contra él y le mataron los vascones no sabemos si por propia o extraña iniciativa. Para vengar su muerte, sus familiares, que señoreaban Tarazona y Borja, se aliaron con un caudillo de la Vasconia ultrapirenaica -¿de Bigorra?-, Iñigo Arista; juntos derrocaron a los asesinos de Mutarrif, se apoderaron del País y así surgió a la historia un nuevo reino en torno a Pamplona, no mucho después del año 800. Las vinculaciones consanguíneas y políticas entre las dos familias, vascona y muladí, permitieron a los Aristas y a los Muzas defenderse alternativamente de Aquistarán y de Córdoba. Y en adelante el nuevo reino, heredero directo de la Vasconia ancestral primigenia, vivió muy mezclado a las gentes de su propia estirpe ibérica. La Vasconia clásica y la nueva Vasconia se separaron otra vez por casi tres siglos. La Euzcadi de hoy no había sido sometida por las huestes islamitas. La Crónica de Alfonso III, en oposición a las tierras que hubieron de ser repobladas -naturalmente por haber sufrido los zarpazos de la invasión muslim-menciona a Alava, Vizcaya y Orduña, como siempre poseídas por sus antiguos habitantes; y ello implica, claro está, que tampoco la lejana Guipúzcoa habría sido combatida por los mahometanos. En Córdoba empezaron a interesarse por la frontera oriental del reino de Oviedo a fines del siglo VII. Algunas huestes cordobesas aparecieron ya por Álava y Castilla en 792, 796 y 801; en este año fue terriblemente derrotado en las Conchas de Argazón un poderoso ejército islamita. Desde Córdoba fueron también atacados los Muzas del Ebro y los Aristas de Pamplona; los primeros se sometieron y su sumisión protegió a sus familiares y aliados pamploneses. Cerca de dos decenios se prolongó ese estado de cosas. Durante ellos los vascones de Navarra no fueron molestados por las tropas musulmanas Golpearon éstas, en cambio, sin descanso contra el solar de castellanos y alaveses. Parece pues seguro que éuscaros y vascones vivieron separados. Si la Euzcadi de hoy hubiera dependido de Pamplona, esos ataques no hubieran podido realizarse sin chocar con los Aristas y con sus aliados los Banu Muza; y fue precisamente un miembro de esa familia renegada quien en 839 invadió Álava al frente de las fuerzas cordobesas. Las tierras vasconizadas en el siglo v -los vascos actuales- continuaron integrando por tanto el embrión de España bajo el gobierno del monarca de Oviedo. Y cabe deducir que colaboraron a las empresas comunes con lealtad y con entusiasmo, de la ausencia de todo movimiento secesionista vasco contra el Rey Casto durante el medio siglo que reinó en Asturias. A lo largo de esas cinco décadas el País Vasco resistió con heroísmo las acometidas sarracenas, como las resistieron cántabros, astures y gallegos, a cuyos destinos se hallaba gustosamente vinculado -los vascos defendieron a veces con los otros súbditos de Alfonso II los pasos de entrada a la Asturias transmontana. Mientras, el otro pueblo de habla éuscara vivía unido a los renegados del valle del Ebro, a quienes debían el poder los Aristas, y vivía de ordinario en paz con Al-Andalus. Sólo después de la ruptura entre navarros y muladíes, a mediados de siglo, por causas que he estudiado al examinar las relaciones de los vascos y los árabes, cambiaron los soberanos de Pamplona el rumbo de la política internacional y se acercaron a los reyes de Oviedo. Pero el último de los Aristas, Fortún, prisionero en Córdoba durante algunos años y abuelo de un príncipe andaluz -en su hija engendró el futuro emir Abd-Allah al padre de Abd al-Rahman III- siguió mediatizado por los islamitas cordobeses. Y fue preciso el golpe de estado del 905 -apoyado por Alfonso de Oviedo y por el conde de Pallars- para que en Navarra empezara a reinar una nueva dinastía, fiel aliada de los soberanos de Asturias y león contra los musulmanes. Los dos pueblos de habla vasca siguieron separados: los vascos de hoy continuaron unidos a los otros pueblos cristianos, regidos desde Oviedo y en seguida desde León, la nueva sede regia. Durante muchas décadas alaveses y vizcaínos resistieron, unidos a los castellanos, los ataques de los últimos cachorros de los Banu Muza. Los vascos contribuyeron con sus hombres y su espíritu al nacimiento de Castilla; y del condado de Castilla formaron parte esencial durante el siglo x. Los documentos acreditan la importancia de la aportación vasca a la colonización de las nuevas tierras castellanas y atestiguan la extensión de la autoridad condal de Fernán González y de sus sucesores hasta muy dentro de la tierra éuscara. Integró ésta por tanto la nueva comunidad histórica llamada a los más altos destinos; y dió con ella sus primeros pasos en la historia. Sólo a fines del siglo x Navarra se anexionó una parte de Alava y sólo en 1029, tras la crisis de la dinastía condal castellana, Sancho III el Mayor incorporó a su reino la nueva Vasconia -la Euzcadi de hoy- y la Castilla de antaño, que así siguieron juntas su declinación hacia Pamplona. Castilla se separó de Navarra en 1035 y fue despaciosamente recuperando sus fronteras primitivas En 1076, a la muerte de Sancho el de Peñalén, Vizcaya volvió al redil castellano. Con la primitiva Castilla fue unida otra vez a Navarra por Alfonso I el Batallador, rey también de Aragón (1109), pero desde la muerte de este rey (1134) formó siempre parte de la Corona de Castilla. La rigieron, sí, señores poderosos pero dependientes de los reyes castellanos, como de ellos dependieron los otros muchos grandes señores del reino castellano-leonés a través de los siglos A fines del XII se incorporaron también a Castilla Alava y Guipúzcoa, la última voluntariamente. Y desde entonces el País Vasco, del cual sólo dos porciones habían vivido menos de dos siglos unidas a Navarra, vivió hasta hoy la historia de Castilla. Y con Castilla la historia de España. Cierto que las poblaciones de la costa vasca firmaron a veces pactos con potencias marítimas del Atlántico, pero otro tanto hicieron las ciudades marineras castellanas. Juntos castellanos y vizcaínos integraron una "nación" en Brujas y tuvieron la misma capilla hasta que se pelearon por cuestiones de preeminencia. Con Juan I los reyes de Castilla fueron incluso señores de Vizcaya. Desde entonces los vascos de hoy han vivido hombro a hombro con los otros hispanos las horas alegres y las horas tristes de España. Han gozado de todas las ventajas que les procuraba el ser españoles y nunca han levantado las cargas que algunos los otros españoles soportaban -ya en el siglo XIV los castellanos protestaron de que los vizcaínos no pagasen como ellos alcabalas y sisas. El patriotismo español de los vascos se hizo notorio cuantas veces corrió peligro su unión con Castilla. Reaccionaron unitariamente contra el acuerdo de Pedro I y el Príncipe Negro, por el cual el Rey Cruel cedía a Inglaterra el País Vasco, como compensación de la ayuda de las huestes inglesas contra su hermano Enrique II. Durante las frustradas negociaciones entre Enrique IV y Luis XI en torno al matrimonio de la Beltraneja y el Duque de Guiena, cuando el impotente rey de Castilla estaba pronto a ceder el litoral vascongado, los vascos volvieron a alzarse contra su apartamiento de la Corona castellana -lo cuenta Mosén Diego de Valera- y obligaron a Enrique IV a jurar que nunca serían separados de Castilla. Fueron luego entusiastas partidarios de Isabel y Fernando en los comienzos de su reinado y defendieron heroicamente la frontera española contra Francia. A principios del siglo XVI se sentían tan unidos a Castilla que, según Zurita cuenta, en 1508 solicitaron sú incorporación a las cortes castellanas y no entraron en ellas porque el espíritu caballeresco de los procuradores entendía, estúpidamente, la asistencia a aquéllas como un privilegio y no querían compartirlo con nadie -unas décadas antes se habían opuesto a la entrada en las cortes de los representantes de Logroño. Y porque el Rey Católico no tuvo gusto -ningún rey lo ha tenido jamás- en fortalecer con elementos populares a las asambleas políticas del reino -el Canciller Ayala había escrito: "los vizcaynos son omes á sus voluntades, é quieren ser muy libres é muy bien tratados". Y desde el siglo X hasta el XIX, no sólo no han alzado una sola pretensión secesionista: se han sentido muchas veces sacudidos por un entusiasta fervor español. Será tan difícil negar estos hechos como es fácil comprobarlos a cualquiera El País Vasco ha escrito páginas brillantes de la historia española, como las otras comunidades históricas que integran España. Los vascos han hecho maravillas... como españoles y conforme a la contextura temperamental hispana. Sus magnas figuras históricas no han pensado, ni han escrito, ni han obrado como vascos; todo lo que han hecho de grande y de universal ha sido dentro de la órbita vital y cultural de España. Desde Elcano, Francisco de Vitoria -era burgalés pero de remota estirpe vasca-, San Ignacio y Legazpi, hasta Unamuno, Zuloaga y Baroja, cuantos vascos famosos pueden señalarse han sido españoles ante todo y por cima de todo; y como españoles han colaborado a las grandes aventuras culturales de Europa. España los debe al País Vasco; pero sin el resto de España ninguno de esos nombres figuraría hoy en los anales de Occidente. Y hasta el mismo nombre de Vasconia sería una sombra sin vida perdurable. Gracias a no haber vivido una pura vida aldeana y marinera entre el mar y los montes, a haber sido preciadísimas y preciosísimas porciones de España y del pueblo español, Vasconia y los vascos han ocupado y ocupan aún un puesto al sol de la historia. Dentro de Castilla primero y de España después los vascos -para decir mejor los vizcaínos, los guipuzcoanos y los alaveses, separadamente- han logrado regirse a sí mismos durante más siglos que las otras comunidades históricas hispanas.
¡Maravilloso
privilegio! lo minúsculo de su solar geográfico restaba interés a cualquier
intervención autoritaria de los reyes, y su situación en uno de los puntos de
fricción de España con Francia obligaba a los príncipes a mimar a los vascos;
sólo así se explica que lograran salvaguardar su vida autónoma cuando habían
perdido la suya: primero los grandes concejos y los grandes señoríos dentro
de los reinos españoles e incluso estos mismos más tarde. Pero, ¿quién se
atreverá a ver en tal perduración la base histórica de una auténtica
singularidad nacional?
Poseen los vascos una contextura temperamental propia, como poseen otras distintas cada una de las agrupaciones regionales hispanas; pero su estructura funcional no los distingue radicalmente de los demás grupos humanos de España. Las características, ditirámbicas o peyorativas, que se les atribuyen coinciden en su esencia con las que constituyen la esencia de lo hispánico. Es sugestivo el paralelo entre la manera de estar en la vida que suele definirse como típica de los españoles y la contextura vital de los éuscaros o vascos; ese paralelo descubre el estrecho parentesco que las une. Tal coincidencia se explica sin esfuerzo, pares ha sido en Castilla donde se ha forjado el arquetipo de lo hispánico y lo castellano es en buena parte prolongación histórica de lo vasco. Son mayores las diferencias que van apartando a lo éuscaro de los estilos de vida de las otras comunidades humanas de Hispania. Desde el sencillo y rígido pivote de Vasconia, las varillas del abanico español avanzan lentamente hacia el barroquismo portugués, el barroquismo andaluz y el barroquismo levantino. Lo vasco sería la raíz cúbica de lo hispano; y lo portugués, lo andaluz y lo levantino, lo español elevado al cubo. La fidelidad de los vascos a su tradicional estilo de vida tampoco ha sido dispar de la que han guardado al suyo Galicia, Asturias, Castilla, Andalucía, por ejemplo. La única causa de diferenciación entre los vascos y los otros españoles estriba en la perduración, en una zona cada vez más reducida de Vasconia, de la vieja lengua éuscara, que Dios conserve por los siglos de los siglos. Es decir, ni la raza ni la historia ni la contextura temperamental ni el amor al ayer... separan a los vascos de los otros hermanos de España. Los distingue de ellos solamente la supervivencia entre los vascos de un habla que en el extremo límite de la hoya y de los montes vascones ha resistido al avance, allí particularmente despacioso, de la romanización. La perduración no interrumpida de ese proceso va haciéndola retroceder poco a poco, de continuo, hacia los Pirineos. El éuscaro no es por tanto el habla de todos los vascos: muchos de ellos no la entienden hace tiempo. El que hoy llamamos español es tan legítimo patrimonio de los habitantes de Euzcadi como de los hijos de Castilla. Muchos vascos comenzaron a hablarlo tan temprano como los primitivos castellanos, mucho antes que los castellanos del Duero hacia el Sur. Y es notorio que en él se escribieron las más viejas leyes constitucionales de los vascos: sus fueros. Mas, aunque así no fuese, nunca el éuscaro separaría a los vascos del resto de los españoles. Porque no es una lengua más en la Península. Es una lengua hablada en la remotísima España neolítica. No obstante su inundación por lo céltico, y lo latino, al escucharla oímos aún como un eco de las voces milenarias de nuestros abuelos de la Edad de Piedra. Prodigio increíble si no fuera cierto. Pero es la misma lengua o es hermana de la que hablaron los pueblos cántabro-pirenaicos y varios otros viejos pueblos de Hispania, y está íntimamente emparentada con la que empleaban los iberos levantinos antes de su romanización o está inundada y saturada de iberismos -Gurruchaga acaba de aceptar esa vinculación. Es por tanto el habla de una gran parte de los españoles primitivos y no puede por ello constituir base segura de una segura distinción nacional frente al resto de España. Vasconia o la España sin romanizar. Sí; y además la abuela de España. Como dije al principio de estas páginas, a través de Castilla, a cuya generación contribuyeron, los vascones han proyectado su espíritu y su temperamento hacia Hispania y hacia todos los pueblos hispanos, y por eso España y lo español pueden ser pensados desde el País Vasco. He aquí por qué Vasconia o la España sin romanizar es la abuela de la España actual. La abuela gruñona que no se reconoce en su nieta y reniega de ella. La abuela que sueña grandezas de tiempos pasados y que repite gestos y dichos de entonces; Jaurlgoikoa et legizarra -Dios y fueros- es un lema digno de labios medievales. La abuela tozuda que quisiera vivir como antaño -el sentido particularista de los vascos es de pura estirpe hispana. La abuela que todos comprendemos y amamos con filial devoción; a la que es prudente dejar vivir a su agrado dentro de la patria común española -también su hija, Castilla, gustó en tiempos de vivir libremente. La abuela que guarda todavía recuerdos de nuestro más remoto ayer, de un ayer muchas veces milenario, cuyas raíces se hunden en la primigenia tierra de España.
Claudio Sánchez Albornoz
"España, un enigma histórico"
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Es un ángel que va cabalgando,
cabalgando y sin descansar,
va cantando las tristes historias
de una guerra que ya terminó.
Primavera lejos de mi Patria;
primavera lejos de mi amor;
primavera sin flores y sin risas;
primavera de guerra y del Wolchow.
Y sus aguas que van al Ladoga,
van cantando una triste canción;
canción triste de amor y de guerra,
canción triste de guerra y amor.
Cuando ebrio avanza el enemigo,
a atacar con wodka y sin valor,
rasga el aire más fuerte que la metralla
las estrofas de mi "Cara al sol".
"Cara al sol", canción antigua y nueva,
"Cara al sol", es el himno mejor,
"Cara al sol", es morir peleando,
que la Patria así me lo pidió.
Si mi cuerpo se quedara roto,
formaría en la legión de honor,
montaría la guardia en los luceros,
formaría junto al mejor.
viernes, 5 de octubre de 2012
Andrés Segovia ha sido, sin género de dudas, el guitarrista clásico más
importante del siglo 20. El eternamente enamorado de su guitarra nació el 18
de febrero de 1894, en el pueblo de Linares, provincia de Jaén al sur de
España. Hijo de un humilde carpintero, es probable que de haberse criado con él
jamás hubiera podido seguir su vocación musical. Sin embargo, el destino quiso
ponerlo en manos de unos tíos que disfrutaban de una posición económica
holgada, y aún así, las cosas no fueron tan sencillas.
El estribillo repetido en la infancia de muchos de los grandes
músicos de la historia, es que sus familiares no veían con buenos ojos sus
afanes artísticos (ellos pensaban que debería tocar un instrumento verdadero,
ya que en los años de su niñez la guitarra era un instrumento menospreciado,
pues se consideraba propio de los gitanos y sus bailadores). Para él, la
familia quería él oficio de farmacéutico, por lo cual no tuvo más remedio que
estudiar guitarra solo y a escondidas.
Durante su adolescencia, estuvo en el Instituto de Música de
Granada, donde la experiencia fue ampliando poco a poco el caudal de recursos
que le permitió perfeccionar su desempeño. Y aún al paso de los años,
convertido ya en el más grande guitarrista clásico del mundo, Segovia seguía en
etapa de preparación. Nunca dejó de estudiar y la práctica de la guitarra le
llevaba al menos cinco horas al día.
Su gusto hacia el instrumento y el interés que ponía en su
aprendizaje, lo llevó avanzar rápidamente. En 1910, cuando tenía 16 años, dio
su primer concierto, su debut público, en el Centro Artístico de la ciudad
española de Granada, donde presentó un repertorio que el mismo había formado
con partituras halladas en bibliotecas y adaptaciones a obras de grandes
músicos. Aunque continuó ofreciendo recitales, fue una presentación ofrecida en
Madrid en 1913 la que Segovia consideró como su debut. Como no tenía una buena
guitarra, decidió rentar una y el resultado fue un éxito clamoroso. Once años
más tarde, en París, se presentaría ya como un virtuoso internacional. Tenía 31
años y era el mejor guitarrista del mundo.
Su gira por América del Sur en 1919 causó sensación, al igual que
sus debut en París (1924), Moscú (1926) y Nueva York (1928), dónde sorprendió a
la audiencia con su técnica y su habilidad musical. A le vez que viajaba, tanto
él como la guitarra incrementaron su popularidad. Compositores como Heitor
Villa-Lobos empezaron a componer piezas originales específicamente para el
instrumento. Con sus texturas de oscuridad y melancolía de disonancia y frases
de chelo, las composiciones de Villa-Lobos en particular parecían acomodarse a
la guitarra perfectamente. Por petición suya han escrito obras para guitarra y
orquesta los maestros Rodrigo, Ponce entre otros.
Segovia también transcribió trabajos originalmente escritos para
otros instrumentos, incluyendo muchos de ellos de Johann Sebastian Bach. De
hecho su trascripción del chaconne de Bach, el cual es uno de los más famosos y
más difíciles para dominar, hacia parecer que el compositor había pretendido
que fuera tocada por una guitarra en vez de un violín.
Segovia se extendió más allá simplemente de ser establecido por si
mismo como virtuoso. "Desde mis años de joven", escribió, "soñaba
elevar a la guitarra de su triste nivel artístico en el que estaba. Desde
entonces, he dedicado mi vida a cuatro esenciales tareas. La primera: separar
la guitarra del prototipo de entretenimiento tradicional. Mi segundo propósito:
dar a conocer la belleza de la guitarra al público del mundo entero. La tercera
tarea: influenciar a las autoridades de conservatorios, academias, y
universidades para que incluyeran a la guitarra en sus programas de enseñanza a
la par con los de violín, chelo, piano, etc. Y mi cuarto objeto de labor:
proveer un repertorio de alta calidad, construido por trabajos poseídos de un
alto valor musical, de las plumas de compositores acostumbrados a escribir para
orquestas, piano y violín".
Era aficionado a la lectura; los libros de filosofía e historia
eran sus favoritos. Ya entrado en los setentas, había empezado a escribir sus
memorias que llevaba como título "La guitarra y yo". Andrés Segovia
se casó en tres ocasiones a lo largo de los 94 años que vivió. Las dos primeras
veces enviudo, y su tercera esposa, Emilia del Corral, a quien él llamaba cariñosamente
Emilita (era cuarenta y cinco años más joven que él) lo acompañó hasta el
último momento de su vida. Luego de muchas presentaciones, reconocimientos y
aplausos a lo largo y ancho del mundo, el rey de España le otorgó en 1981 el
título de Marqués de Salobreña. Seis años después, Segovia trabajaba en su
discurso de envestidura como doctor "honoris causa", cuando lo
sorprendió la muerte. Tenía 94 años, la mayoría de ellos dedicados a su pasión:
la guitarra.
La crítica señala que Segovia subordinaba sus facultades a un
sentido exquisito del ritmo y del estilo, y poseía la intensa y rara virtud de
embellecer las obras que interpretaba con la pureza de su arte.
jueves, 4 de octubre de 2012
Que yo recuerde y suelo tener buena memoria, jamás he
celebrado la muerte de nadie. Cuando algún etarra ha saltado por los aires, ha
saltado por una ventana o se ha caído en un caldero de cal viva no le he dado
mayor relevancia al asunto. Un hijo de puta menos. Pero ayer si me alegré de
que un asesino, un cobarde, un chaquetero… En definitiva, un hijo de la gran
puta, la palmara. Así es la vida. El cabrón éste se ha ido al hoyo sin que
nadie lo juzgue, con palmaditas en la espalda de izquierdas y derechas. Por eso
no está de mal recordar quien fue Santiago Carrillo y sus asesinatos.
Santiago Carrillo:
¿exento de responsabilidad en la matanza de Paracuellos del Jarama?
De entre toda la historiografía que se ha usado para
exculpar la participación de Carrillo en la matanza de Paracuellos del Jarama
se ha esgrimido como la más importante la publicada por Paul Preston,
hispanista inglés de claras tendencias izquierdistas.
Sin embargo, Paul
Preston declaraba en la presentación de su libro “El Holocausto español. Odio y extermino en la Guerra Civil”: "Sus mentiras son tan infantiles, es
una ridiculez decir que no sabía nada de los hechos" –en relación a
Santiago Carrillo-. “Santiago Carrillo
era el responsable de Orden Público y nombró como director de Seguridad a
Segundo Serrano Poncela, quien organizó a diario las sacas". "Es
inconcebible que Carrillo no lo supiera y encuentro absurdo que durante todos
estos años haya estado mintiendo". “Tras leer todas las entrevistas que ha
concedido Santiago Carrillo –refiere Paul Preston- éste ha cometido deslices donde cuenta toda la verdad". Para
Paul Preston, las ejecuciones de Paracuellos constituyen "la mayor atrocidad cometida en territorio republicano durante la
Guerra Civil española".
Nacido en Gijón (Asturias) el 18 de enero de 1915, su
padre Wenceslao llegó a ser un importante dirigente del PSOE y de la UGT. La
amistad de Wenceslao con Largo Caballero, permitió que Santiago entrara en la
imprenta del periódico “El Socialista”.
En el verano de 1933, dirigió una ofensiva de las Juventudes Socialistas con el
propósito de desacreditar a miembros del PSOE, tales como Indalecio Prieto y
Julián Besteiro, para imponer en su lugar a Francisco Largo Caballero, apodado
el “Lenin español”.
Santiago Carrillo tenía sólo 21 años el 6 de noviembre de
1936, el día en que fue nombrado Consejero de Orden Público por la Junta de
Defensa de Madrid, el mismo día que ingresó en el Partido Comunista de España y
justo un día antes de que dieran comienzo las matanzas en Paracuellos de
Jarama.
En el Madrid de los terribles noviembre y diciembre de
1936, la prensa republicana se deshacía en elogios hacia un jovenzuelo que
acababa de irrumpir como mandatario socialista y comunista. La trayectoria
política de Carrillo había estado ligada primero desde una vertiente
periodista, colaborando con “El
Socialista” y posteriormente en una faceta de activista político, sin tener
un cargo tras de sí, en las Juventudes Socialista Unificadas. En 1934 fue
encarcelado, junto a su padre, por participar en la “Revolución de 1934”.
Con este bagaje político y profesional, Carrillo fue
nombrado Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid y de
inmediato se encargó de la evacuación de los presos de las cárceles madrileñas
de San Antón, Polier, Modelo y Ventas, rumbo a Valencia.
A pesar de la brutalidad de los actos cometidos en
Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, la prensa republicana se deshacía
en elogios con la actuación del Consejero de Orden Público: “No ha sido nunca ni concejal, ni diputado
ni siquiera ministro. Hasta ahora, Santiago Carrillo no fue más que periodista
y luchador esforzado de las Juventudes Socialista Unificadas. Y sin embargo,
resulta, como lo prueba su actuación magnífica de estos días, un gobernante de
cuerpo entero”, podía leerse en un artículo publicado por “La Libertad” en la edición del 15 de
noviembre.
En una alocución por la emisora “Unión Radio” fechada el 12 de noviembre de 1936 Carrillo expresaba
que “la quinta columna está camino de ser aplastada” y “todas las medidas, absolutamente todas, están tomadas para que no
pueda suceder en Madrid ningún conflicto ni ninguna alteración”. Esta
declaración no era en vano: Cuatro días antes se había producido una “saca” de
la cárcel Modelo en la que más de 400 prisioneros fueron ejecutados en el Soto
de Alcovea, en Torrejón de Ardoz.
No era sin embargo Carrillo un valeroso militante
comunista que pusiera su vida en juego en el frente a pesar de la vehemencia de
sus declaraciones contra los fascistas: aunque dijo haber combatido en el
frente, no hay ninguna fuente de la época que lo asevere. Por el contrario, “El Socialista” desde sus páginas lo
acusó de haber sido un cobarde, tanto en el verano de 1936 como durante la
“revolución de octubre de 1934”, hasta el punto de “vaciar su tripa, atribulada por el riesgo de su detención, fuera del
lugar reservado para tales necesidades, hecho ocurrido en el estudio de un
artista”.
El día 4 de Noviembre de 1936, después de haberse
constituido un tribunal popular en la cárcel de Porlier, se ordenó salir a la
calle a los militares que en dicha prisión se encontraban para que se sumaran
al Ejército Rojo. Solamente cuatro lo aceptaron. Entre un centenar de presos,
de los cuales treinta y siete eran militares, se los llevaron en camiones a
Chinchilla, siendo fusilados -por miembros del PCE- a la mañana siguiente junto
al cementerio de Rivas-Vaciamadrid. Los comunistas eran los que controlaban la
defensa de Madrid, solicitando a la cárcel Modelo listas de los militares
encarcelados, procediendo a la primera saca de la checa de San Antón, con el
resultado de cuarenta militares asesinados.
El 7 de noviembre de 1936, empezó el exterminio en masa.
Entre las nueve y diez de la mañana de
dicho día llegaron a la cárcel Modelo autobuses de dos pisos, siendo
introducidos más de sesenta detenidos y conducidos a Paracuellos del Jarama.
Las víctimas eran despojadas de cualquier equipaje y atados con bramante de dos
en dos o bien con las manos a la espalda. Obligados a bajar, se les ordenaba
caminar hasta las fosas colectivas preparadas de antemano. Una vez situados al
borde de las zanjas, un grupo de treinta o cuarenta milicianos abrían fuego
sobre los presos y a continuación se les daba el tiro de gracia. Unos
doscientos enterradores, reclutados entre los “presuntos fascistas” de poblaciones
cercanas, arrojaban los cadáveres a las zanjas para luego cubrirlos con tierra.
La segunda saca se produjo del 8 al 17 de noviembre. A
partir de esta fecha se fueron sucediendo las sacas hasta la última, realizada
por Segundo Serrano Poncela, inmediato subordinado de Carrillo, el 3 de
diciembre de 1936. La llegada de del nuevo director de Prisiones, el anarquista
Melchor Rodríguez, detuvo de forma inmediata la masacre indiscriminada de
prisioneros, expulsando de las cárceles a los milicianos de “Vigilancia de la
Retaguardia”. Poco después Santiago Carrillo dejaba sus funciones en la Junta
de Defensa.
La magnitud de las cifras de las matanzas de Paracuellos
del Jarama y Torrejón de Ardoz oscilan entre algo más de 2.500 asesinados hasta
los cerca de 7.000. En esos términos se expresa Ramón Salas Larrazábal, historiador especialista en la Guerra
Civil, el cual cifra en 8.000 los muertos de noviembre y diciembre de 1936 en
Madrid. “Aproximadamente el 15 por ciento
cayeron antes del día 8 de noviembre, de ellos 1.000 en números redondos el
mismo día 7 y unos 400 entre el 1 y el 6. Quiere decirse que durante el período
de responsabilidad de Carrillo fueron muy cerca de 7.000 los madrileños que
cayeron sin juicio de ninguna clase ante las tapias de cualquier cementerio de
los alrededores de Madrid y con predilección en Paracuellos del Jarama”.
Ante tal panorama Carrillo, en el colmo de la
desvergüenza propia del hijo de mala madre que estaba hecho, a pregunta de Ian Gibson sobre las matanzas de
Paracuellos declaraba: “Paracuellos para
mí es un nombre, un nombre que ignoraba hasta... sinceramente no sabía que
existía Paracuellos. Eso puede parecer absurdo pero, viviendo en Madrid, sabía
que existía Vallecas, que existía Las Ventas, que existía Tetuán, que existía
Chamartín, pero Paracuellos del Jarama... ni el nombre, ni el nombre...”.
Descansen sus víctimas en paz.
La historia de España está llena de hechos bélicos inauditos
que han pasado a la historia asombrando al resto de pueblos y ejércitos. Muchas
veces han sido protagonizados por héroes anónimos, por humildes soldados que
han terminado el resto de sus días olvidados y en la miseria. Así es el
carácter de esta Patria ingrata...
El sitio de Baler.
Entonces un nuevo parlamentario llega y se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda. De nuevo pequeños detalles hacen dudar a Martín Cerezo de su autenticidad; su uniforme, sus documentos de acreditación e incluso en el barco (visible en la ensenada y que asegura es para repatriarlos), creen ver un lanchón tagalo enmascarado debido a que sus aparatos de observación no eran de calidad. La única verdad es que para el teniente era inconcebible que España hubiese vendido Filipinas como insistentemente le decían.
“Los Últimos de
Filipinas”.
Los antecedentes del
desastre de Baler.
En 1896 después del Pacto de Biak/Nna/Bato, Emilio Aguinaldo, líder de los
independentistas Filipinos, se largó a Hong Kong con los bolsillos llenos de
dinero. Aguinaldo pertenecía a una sociedad secreta filipina rebelde denominada
“Katipunan”. Tras esto, a finales de 1897, el gobierno español redujo el número
de efectivos militares destinados en Filipinas, unos 28.000 soldados en total
desplegados por todas las islas. En abril de 1898, el líder filipino Aguinaldo
volvió de nuevo a las islas para dirigir la insurrección contra los españoles
en un alzamiento que sería definitivo para los intereses de España.
El nuevo alzamiento filipino estaba motivado
fundamentalmente por el comienzo de las hostilidades entre España y los EE.UU
(aliados de los filipinos) a raíz de que el 25 de abril de 1898 saltara por los
aires el acorazado Maine, fondeado en la isla de Cuba. Los americanos culparon
del incidente a los españoles (la historia ha demostrado que el hundimiento del
Maine fue obra de los propios americanos para tener un pretexto con el que
atacar a España) y nos declararon la guerra.
Baler era, en aquella época, un pueblo de 2.000 habitantes
situado en la Provincia de Nueva Écija, en la costa oriental de la isla de
Luzón, en una zona montañosa que dificultaba su comunicación con Manila y con
el resto de la provincia. Su acceso principal era por mar.
El 27 de junio de 1898 da comienzo una sublevación en la
zona que abarcaba la comandancia militar de Baler. El contrabando de armas para
la insurrección en aquellas playas provoca que se solicitara refuerzos, ya que
la guarnición normal de Baler estaba compuesta por un cabo y cuatro guardias
civiles. Fruto de aquellas gestiones llegaron 50 hombres al mando del Teniente
José Mota. Pero la noche del 28 de Junio
el destacamento es asaltado y sus hombres asesinados.
En vista de ello, en febrero de 1898, llega a Baler el
Capitán D. Enrique de Las Morenas, como comandante político-militar del
Distrito. Con él llegan 50 soldados del 2º Batallón de Cazadores al mando de
los Tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, con el Teniente
Médico Rogelio Vigil de Quiñones y tres enfermeros para sustituir a la anterior
guarnición. Tenían víveres para cuatro meses, plazo en el que se esperaba
relevar la guarnición por otra nueva. Además, se reintegraba a su destino el
párroco del pueblo, Fray Cándido Gómez, que había sido hecho prisionero por los
tagalos y a los que convenció para que le dejaran ir con la falsa promesa de
que convencería a los españoles de que se rindieran.
A principios de abril de 1898, estalla la sublevación tagala
nuevamente en la provincia. Poco a poco van cayendo los puestos españoles y
Baler queda aislada y sin posibilidad de recibir órdenes o comunicaciones
militares. Sin embargo, los habitantes de Baler mantenían una actividad normal
sin síntomas de sublevación.
El 27 de junio el pueblo amaneció despoblado. Ese mismo día
desertaron 2 soldados filipinos y uno español. Ante la inminencia del ataque y
el número de efectivos filipinos, el Capitán De las Morenas acuerda refugiarse
en la iglesia del pueblo, edificio de fuerte construcción a base de piedra
donde abrieron un pozo, cegaron puertas, construyeron un horno, quemaron las
casas cercanas y almacenaron víveres y municiones. El día 30 de junio, algunos
soldados realizan una salida para explorar y encuentran una fuerte resistencia
retirándose a la Iglesia. Así comienza el sitio de Baler.
Pronto se comprueba como la escasez de alimentos frescos
hacía enfermar del mortal “beriberi”, enfermedad consistente en la inflamación
de los nervios periféricos. La base de la alimentación era arroz
descascarillado.
Aunque el médico había conseguido construir una pequeña
huerta próxima a la iglesia, plantando pimientos, tomates y calabazas silvestres,
los estragos del “beriberi” no se hicieron esperar. En pocos meses fallecieron,
además de algunos soldados, el Capitán Enrique de las Morenas (el último
documento que firma, en pleno delirio, es ofreciendo amnistía a los sitiadores
si deponen las armas), el capellán y el 2º Teniente Alonso Zayas. Todos fueron
enterrados en la propia iglesia.
Llegada la Navidad de 1898, se estima conveniente celebrarla
con el rezo de oraciones, un improvisado concierto de villancicos y una
"opípara cena" a base de habichuelas picadas revueltas con arroz en
manteca rancia y como postre un plato de calabazas endulzadas y café de
puchero.
A finales de año un parlamentario filipino pidió lugar y
fecha para celebrar un encuentro con el jefe español. Llegado el momento nadie
se presenta, intuyendo los españoles que eran estratagemas para debilitar la
moral.
El 14 de enero de 1899 el Teniente Martín Cerezo sube a la
torre de la iglesia y observa a lo lejos un hombre portando bandera blanca.
Avanza el paisano identificándose como el Capitán español Olmedo Calvo y
asegurando traer noticias del Capitán General.
Aunque su deseo era entregar un documento personalmente al
Capitán, el Teniente no quiere dar a conocer su muerte y le responde que el
Capitán no puede salir y que él se lo entregará. El escrito decía: "Habiéndose
firmado el Tratado de Paz entre España y los EE.UU. y habiendo sido cedida la
soberanía de estas Islas a la última nación citada, se servía Ud. de evacuar la
plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del tesoro, ciñéndose a
las instrucciones verbales que de mi orden le dará el Capitán de Infantería D.
Miguel de Olmedo Calvo. Dios guarde a Ud. muchos años. Manila, 1 de febrero de
1899. Diego de los Ríos”.
Al Teniente Martín Cerezo aquel escrito le produjo desconfianza.
En primer lugar, le exigían entregar "las arcas del tesoro". ¿Cómo
era posible que le exigieran eso cuando la oficialidad sabía de la pobreza en
que estaban sumidos? Otro detalle que le choca fue el parlamentario. Vino de
paisano pero alegando ser oficial y haber sido condiscípulo del Capitán en la
Academia, entonces, ¿por qué le pregunta si el era el Capitán De las Morenas?
¿No decía que lo conocía? Además la pregunta se la había formulado a pesar de
vestir su guerrera de Teniente. Todas esas controversias, comentadas con el
Teniente médico Vigil de Quiñones, hicieron que Martín Cerezo ninguneara el
documento y decidiera continuar la resistencia.
Tras siete meses de encierro se intensifica el agotamiento y
la desesperanza, traduciéndose en la deserción de 6 españoles, pudiendo
evitarse otras 3 al ser detenidos antes de que la realizaran. Fueron juzgados
de acuerdo con el Código de Justicia Militar y aunque la pena era el fusilamiento,
el Teniente Martín Cerezo determina encerrarlos por el momento en el
baptisterio, asegurándolos con grilletes.
Tras este amargo suceso, otro nuevo fue motivo de alegría al
comprobarse como unos bovinos de la región pastaban próximos a la iglesia.
Pronto cazaron uno y en pocas horas estuvo cocinado. Llevaban meses sin comer
carne y en tres días dieron cuenta del bovino. Consecuencias: la mayoría sufría
con posterioridad los predecibles cólicos.
Los intentos de asalto de los filipinos eran intermitentes.
El 30 de marzo de 1899 se produjo uno muy fuerte con denso fuego de fusilería y
algunos disparos de cañón de 75 mm que no hacían mella en los gruesos muros de
la iglesia. Fue entonces cuando el Teniente decidió utilizar un cañón que
encontró dentro de la iglesia aunque solo era un tubo de cañón de avancarga.
Para ello, reunió la pólvora de las bengalas y colocó el tubo en un hueco que
hizo en el muro, amarrando fuertemente la culata a una de las vigas del techo.
Tras cargarlo con piedras hizo fuego. Se produjo el disparo pero al retroceso
hizo de péndulo, rompiendo algunas tejas del techo y chocando de vuelta
violentamente contra el muro de la iglesia. Después de la experiencia, se
suspendió el fuego del cañón
A los 282 días se acaba el arroz, las habichuelas y el
tocino, pero los defensores continuaron la resistencia. En vista de ello los
sitiadores hicieron más violentos los ataques, intentando incluso incendiar la
iglesia
La actividad del Teniente médico era increíble. Enfermo de
beriberi y herido, se hacía trasladar en un sillón allá donde su presencia era
requerida. Como buen médico, instruyó al Cabo Olivares para que con 10 soldados
se acercaran al campo enemigo a requisar víveres frescos. Logrado el objetivo,
permitió mejorar a los enfermos de “beriberi”.
Cierta mañana, los sitiados escucharon cañonazos al Oeste,
haciéndoles pensar en la llegada de socorro. Por la noche un potente reflector
les busca. La alegría invadía a todos. A la mañana siguiente perciben un
intenso tiroteo sobre la playa, pero al llegar la noche, el reflector deja de
alumbrar y el buque desde donde emitía se aleja definitivamente. El
desconcierto y el desánimo invadió a los sitiados.
Lo ocurrido fue que el buque de guerra americano Yorstown
llegó a la playa con la intención de rescatar a los españoles, pues ahora
también ellos eran enemigos de los filipinos al establecerse la Paz de Paris
(en donde Filipinas fue vendida a los EE.UU. por 20 millones de dólares) entre
España y los EE. UU. La tropa americana desembarcada fue copada por tropas
tagalas parapetadas en la selva. El desastre fue total. El oficial que los
mandaba y 15 marines murieron, obligando al resto a retirarse y dejando
abandonados a los esperanzados españoles.
A partir de entonces los tagalos deciden atacar la iglesia
diariamente. La hambruna era tan grande que toda hierba, rata, caracol o pájaro
que estuviera a su alcance acababa en la cazuela.
A finales de mayo de 1899 los filipinos llegan hasta las mismas
paredes de la iglesia, siendo rechazados en un cuerpo a cuerpo, dejando el
enemigo 17 muertos.
Entonces un nuevo parlamentario llega y se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda. De nuevo pequeños detalles hacen dudar a Martín Cerezo de su autenticidad; su uniforme, sus documentos de acreditación e incluso en el barco (visible en la ensenada y que asegura es para repatriarlos), creen ver un lanchón tagalo enmascarado debido a que sus aparatos de observación no eran de calidad. La única verdad es que para el teniente era inconcebible que España hubiese vendido Filipinas como insistentemente le decían.
Rechazados los argumentos del Teniente Coronel, éste,
perplejo, hubo de retirarse sin antes decirle al Teniente: "Pero hombre
¿qué tengo que hacer para que me crea, espera que venga el General Ríos en
persona?" A lo que le conteste el Teniente: "Si viniera, entonces le
creería".
Ese día el teniente ordena fusilar al cabo Vicente González
Toca y a Antonio Menache Sánchez que llevaban presos 97 días acusados del
intento de deserción.
Tras once meses de Sitio sin prácticamente que comer, el
Teniente al leer los periódicos que le dejó el Teniente Coronel, encontró una
noticia que le deja perplejo: su amigo y compañero el Teniente Francisco Díaz
Navarro era destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado
en secreto el propio Díaz Navarro, así que tenía que ser cierta. Reunió la
tropa, les relató cual era realmente la situación y les propuso una retirada
sin pérdida alguna de la dignidad y del honor depositado en ellos por España
Para asombro de los filipinos, estos vieron izar en la iglesia
la bandera blanca y se oyó el toque de llamada. Seguidamente hizo acto de
presencia el jefe de las fuerzas sitiadoras, Simón Tersen, que escucha a Martín
Cerezo y le respondió que formulase por escrito su propuesta, diciéndole que
podrían salir conservando sus armas hasta el límite de su jurisdicción y luego
renunciarían a ellas para evitar malos entendidos.
Y así, honorablemente, finalizaron los 337 días del asedio
al Sitio de Baler. Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y
aquellos valientes abandonaron su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil
de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban la formación de soldados
agotados, que de tres en fondo y con armas sobre el hombro, dejaban el último
solar español en el Pacífico. Soldados filipinos en posición de firmes y en
silencio les hicieron un pasillo honorífico.
Una vez que se repusieron del tremendo agotamiento y con la
ayuda de los filipinos que cumplieron fielmente su compromiso, el Teniente y
sus hombres hicieron el largo viaje en dirección a Manila, atravesando poblados
y lugares donde no faltaron los atentados que fueron repelidos por los soldados
tagalos que les escoltaban. Al fin llegaron a Manila el 6 de julio del 1899.
Durante el viaje, al pasar por Tarlak, cuartel general del
Presidente filipino, éste acogió a los españoles ofreciéndoles obsequios y alojamiento.
Lo que más agradecería Martín Cerezo del Presidente fue la entrega de un periódico
local en el que se publicaba un elogioso relato de los españoles y un Decreto
que decía: "Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo, las
fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la
constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza
de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando
una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid
y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los
sentimientos del ejército de esta Republica, que bizarramente les ha combatido;
a propuesta de mi secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno,
vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las
expresadas fuerzas no serían considerados como prisioneros, sino por el
contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveera, por la Capitanía
General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su patria".
En Manila la comisión española encargada de recibirlos, los
alojó en el Palacio de Santa Potenciana, antigua Capitanía General. La colonia
española los colma de homenajes y regalos. En una de las recepciones, el
Teniente Martín Cerezo recibía el abrazo del Teniente Coronel Aguilar que en
son de broma le dijo: “Y ahora, ¿me reconoce
Ud.? -a lo que contestó el Teniente- Sí, señor. Y más me hubiera valido haberlo
hecho entonces”.
Por fin, el 29 de julio de 1899 embarcaron en el vapor
Alicante, llegando a Barcelona el 1 de Septiembre, siendo recibidos por las
autoridades civiles y militares. El teniente Saturnino Martín Cerezo, fue
condecorado con la Laureada de San Fernando y nadie se explica porque no se
concedió una Laureada colectiva a los compañeros del teniente Martín Cerezo.
En total fueron sitiadas 60 personas, incluyendo los dos
misioneros enviados por los filipinos, de las cuales 15 murieron enfermos de
“beriberi” o disentería, 2 murieron por heridas de combate, 6 desertaron y 2
fueron fusilados por orden de Martín Cerezo tras ser declarados culpables de
intento de deserción. Los nombres y lugares de procedencia de estos hombres
fueron:
Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi.
Falleció por enfermedad el 22 de noviembre de 1898.
2º Teniente Juan Alonso Zayas. Falleció por enfermedad el 18
de octubre de 1898.
2º Teniente Saturnino Martín Cerezo, natural de Miajadas,
Cáceres.
Cabo Jesús García Quijano, natural de Viduerna de la Peña,
Palencia.
Cabo José Chaves Martín. Falleció por enfermedad el 10 de
octubre de 1898.
Cabo José Olivares Conejero, natural de Caudete, Albacete.
Cabo Vicente González Toca. Fusilado el 1 de junio de 1899.
Corneta Santos González Roncal, natural de Mallén, Zaragoza.
Soldado de 2ª Felipe Herrero López. Desertó el 27 de junio
de 1898.
Soldado de 2ª Félix García Torres. Desertó el 29 de junio de
1898.
Soldado de 2ª Julian Galvete Iturmendi. Falleció debido a
heridas el 31 de julio de 1898.
Soldado de 2ª Juan Chamizo Lucas, natural de Valle de
Abdalajís, Málaga.
Soldado de 2ª José Hernández Arocha, natural de La Laguna,
Tenerife.
Soldado de 2ª José Lafarga Abad. Falleció por enfermedad el
22 de octubre de 1898.
Soldado de 2ª Luis Cervantes Dato, natural de Mula, Murcia.
Soldado de 2ª Manuel Menor Ortega, natural de Sevilla,
Sevilla.
Soldado de 2ª Vicente Pedrosa Carballeda, natural de Carballino,
Orense.
Soldado Antonio Bauza Fullana, natural de Petra, Mallorca.
Soldado Antonio Menache Sánchez. Fusilado el 1 de junio de
1899.
Soldado Baldomero Larrode Paracuello. Falleció por
enfermedad el 9 de noviembre de 1898.
Soldado Domingo Castro Camarena, natural de Aldeavieja,
Ávila.
Soldado Emilio Fabregat Fabregat, natural de Salsadella,
Castellón.
Soldado Eufemio Sánchez Martínez, natural de Puebla de Don
Fadrique, Granada.
Soldado Eustaquio Gopar Hernández, natural de Tuineje, Las
Palmas.
Soldado Felipe Castillo Castillo, natural de Castillo de
Locubín, Jaén.
Soldado Francisco Real Yuste, natural de Cieza, Murcia.
Soldado Francisco Rovira Mompó. Falleció por enfermedad el
30 de setiembre 1898.
Soldado Gregorio Catalán Valero, natural de Osa de la Vega,
Cuenca.
Soldado Jaime Caldentey Nadal. Desertó el 3 de agosto de
1898.
Soldado José Alcaide Bayona. Desertó el 8 de mayo de 1899.
Soldado José Jiménez Berro, natural de Almonte, Huelva.
Soldado José Martínez Santos, natural de Almeiras, La Coruña.
Soldado José Pineda Turán, natural de San Felíu de Codinas,
Barcelona.
Soldado José Sanz Meramendi. Falleció por enfermedad el 13
de febrero 1899.
Soldado Juan Fuentes Damián. Falleció por enfermedad el 8 de
noviembre 1898.
Soldado Loreto Gallego García, natural de Requena, Valencia.
Soldado Manuel Navarro León. Falleció por enfermedad el 9 de
noviembre 1898.
Soldado Marcelo Adrián Obregón, natural de Villalmanzo,
Burgos.
Soldado Marcos José Petanas. Falleció por enfermedad el 19
de mayo 1899.
Soldado Marcos Mateo Conesa, natural de Tronchón, Teruel.
Soldado Miguel Méndez Expósito, natural de Puebla de Tabe,
Salamanca.
Soldado Miguel Pérez Leal, natural de Lebrija, Sevilla.
Soldado Pedro Izquierdo Arnaíz. Falleció por enfermedad el
14 de noviembre 1898.
Soldado Pedro Planas Basagañas, natural de San Juan de las
Abadesas, Gerona.
Soldado Pedro Vila Garganté, natural de Taltaüll, Lérida.
Soldado Rafael Alonso Medero. Falleció por enfermedad el 8
de octubre de 1898.
Soldado Ramón Buades Tormo, natural de Carlet, Valencia.
Soldado Ramón Donat Pastor. Falleció por enfermedad el 10 de
octubre 1898.
Soldado Ramón Mir Brills, natural de Guisona, Lérida.
Soldado Ramón Ripollés Cardona, natural de Morella,
Castellón.
Soldado Román López Lozano. Falleció por enfermedad el 25 de
octubre 1898.
Soldado Salvador Santamaría Aparicio. Falleció debido a
heridas el 12 de mayo 1899.
Soldado Timoteo López Larios, natural de Alcoroches,
Guadalajara.
Médico provisional Rogelio Vigil de Quiñones, natural de
Marbella, Málaga.
Cabo indígena Alfonso Sus Fojas. Desertó el 27 de junio de
1898.
Sanitario indígena Tomás Paladio Paredes. Desertó el 27 de
junio de 1898.
Soldado Bernardino Sánchez Cainzos, natural de Guitiriz,
Lugo
Fray Cándido Gómez Carreño. Falleció por enfermedad el 25 de
agosto de 1898.
Fray Juan López Guillén.
Fray Félix Minaya.
En el año 1945 se
llevó al cine la historia del sitio bajo el título “Los últimos de Filipinas”.
La historia partió de un guión radiofónico de Enrique Llovet y de otro de
Enrique Alfonso Barcones y Rafael Sánchez Campoy y contó con las actuaciones de
Armando Calvo, José Nieto, Fernando Rey, Guillermo Marín, Manuel Morán, Conrado
San Martín, Tony Leblanc, Nani Fernández y Carlos Muñoz.
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